lunes, 23 de noviembre de 2015



ETAPAS DE LA POESÍA DE BÉCQUER  BACHILLERATO

1.      LA REFLEXIÓN SOBRE LA POESÍA:  I-XI
2.      EL AMOR ILUSIONADO, LA BELLEZA: XII-XXIX
3.      EL DESENGAÑO AMOROSO: XXX-LI
4.      EL DOLOR, LA ANGUSTIA Y LA SOLEDAD: LII-LXXVI

PRIMERA ETAPA: REFLEXIÓN SOBRE LA POESÍA
No digáis que agotado su tesoro, 
de asuntos falta, enmudeció la lira; 
podrá no haber poetas; pero siempre 
habrá poesía. 

Mientras las ondas de la luz al beso 
palpiten encendidas; 
mientras el sol las desgarradas nubes 
de fuego y oro vista; 

mientras el aire en su regazo lleve 
perfumes y armonías; 
mientras haya en el mundo primavera, 
¡habrá poesía! 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance 
las fuentes de la vida, 
y en el mar o en el cielo haya un abismo 
que al cálculo resista; 

mientras la humanidad, siempre avanzando 
no sepa a do camina; 
mientras haya un misterio para el hombre, 
¡habrá poesía! 

Mientras sintamos que se alegra el alma, 
sin que los labios rían;  mientras se llore sin que el llanto acuda 
a nublar la pupila; 

mientras el corazón y la cabeza 
batallando prosigan; 
mientras haya esperanzas y recuerdos, 
¡habrá poesía! 

Mientras haya unos ojos que reflejen 
los ojos que los miran; 
mientras responda el labio suspirando 
al labio que suspira; 

mientras sentirse puedan en un beso 
dos almas confundidas; 
mientras exista una mujer hermosa 
¡habrá poesía!
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Del salón en el ángulo oscuro, 
de su dueño tal vez olvidada, 
silenciosa y cubierta de polvo 
veíase el arpa. 

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, 
como el pájaro duerme en las ramas, 
esperando la mano de nieve 
que sabe arrancarlas! 

¡Ay! -pensé-. ¡Cuántas veces el genio 
así duerme en el fondo del alma, 
y una voz, como Lázaro, espera 
que le diga: «Levántate y anda!»
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¿Qué es poesía?, dices mientras clavas 
en mi pupila tu pupila azul. 
¿Que es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? 
Poesía... eres tú.

2. SEGUNDA ETAPA: EL AMOR ILUSIONADO
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso... ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
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Dos rojas lenguas de fuego 
que a un mismo tronco enlazadas 
se aproximan y al besarse 
forman una sola llama; 

dos notas que del laúd 
a un tiempo la mano arranca 
y en el espacio se encuentran 
y armoniosas se abrazan; 

dos olas que vienen juntas 
a morir sobre una playa 
y que al romper se coronan 
con un penacho de plata; 
dos jirones de vapor 
que del lago se levantan 
y al juntarse allí en el cielo 
forman una nube blanca: 

dos ideas que al par brotan, 
dos besos que a un tiempo estallan, 
dos ecos que se confunden...: 
eso son nuestras dos almas.
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Tu pupila es azul y, cuando ríes,
su claridad süave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.

Tu pupila es azul y, cuando lloras,
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una vïoleta.

Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

3. TERCERA ETAPA: EL DESENGAÑO AMOROSO
Asomaba a sus ojos una lágrima 
y a mi labio una frase de perdón; 
habló el orgullo y se enjugó su llanto 
y la frase en mis labios expiró. 

Yo voy por un camino, ella por otro; 
pero al pensar en nuestro mutuo amor, 
yo digo aún: «¿Por qué callé aquel día?» 
Y ella dirá: « ¿Por qué no lloré yo?»
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¡Los suspiros son aire y van al aire! 
¡Las lágrimas son agua y van al mar! 
Dime, mujer, cuando el amor se olvida 
¿sabes tú adónde va?

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Cuando me lo contaron sentí el frío 
de una hoja de acero en las entrañas; 
me apoyé contra el muro, y un instante 
la conciencia perdí de dónde estaba. 

Cayó sobre mi espíritu la noche, 
en ira y en piedad se anegó el alma. 
¡Y entonces comprendí por qué se llora, 
y entonces comprendí por qué se mata! 

Pasó la nube de dolor.... Con pena 
logré balbucear breves palabras... 
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo... 
Me hacía un gran favor... Le di las gracias.


5.       CUARTA ETAPA: EL DOLOR, LA ANGUSTIA Y LA SOLEDAD

Volverán las oscuras golondrinas 
en tu balcón sus nidos a colgar, 
y otra vez con el ala a sus cristales 
jugando llamarán; 

pero aquellas que el vuelo refrenaban 
tu hermosura y mi dicha al contemplar, 
aquellas que aprendieron nuestros nombres, 
ésas... ¡no volverán! 

Volverán las tupidas madreselvas 
de tu jardín las tapias a escalar, 
y otra vez a la tarde, aún más hermosas, 
sus flores se abrirán; 

pero aquellas cuajadas de rocío, 
cuyas gotas mirábamos temblar 
y caer, como lágrimas del día... 
ésas... ¡no volverán! 

Volverán del amor en tus oídos 
las palabras ardientes a sonar; 
tu corazón de su profundo sueño 
tal vez despertará; 

pero mudo y absorto y de rodillas, 
como se adora a Dios ante su altar, 
como yo te he querido... desengáñate, 
¡así no te querrán!

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¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura,
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.






Llegó la noche, y no encontré un asilo,
¡y tuve sed!... mis lágrimas bebí,
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
desierto... para mí!

martes, 17 de noviembre de 2015




CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LA POESÍA ROMÁNTICA QUE PODEMOS ENCONTRAR EN LA POESÍA DE BÉCQUER

-Libertad e individualismo: El Romanticismo exaltó la importancia del individuo y afirmó su libertad como valor supremo. El sentimiento individual del poeta es una forma de expresar su libertad.
-Subjetividad y sentimentalismo. Se reivindicó la concepción subjetiva de la realidad, que en la creación literaria se manifiesta en la expresión de sentimientos y pasiones.
-Angustia existencial. El ansia de libertad, el ideal de dicha y de plenitud chocan con la realidad y el artista romántico expresa, con melancolía o con desgarro, su angustia existencial.
-Huida de la realidad e irracionalismo. La voluntad de escapar de la realidad llevó a algunos poetas a ambientar sus obras en otras épocas u otros países. Pero también encontramos otras formas de evadirse, como los sueños o la búsqueda de ambientes terroríficos o fantásticos y escenarios nocturnos, lúgubres o macabros.
-Los temas más importantes de la poesía romántica son: el amor ideal, la búsqueda de la libertad, el poder y la justicia, el sentido de la vida y el silencio de Dios y el destino del ser humano.
-Los poetas románticos reivindican la mezcla de géneros, de registros y de estilos.
-Usan muchos enunciado exclamativos para subrayar sus estados de ánimo.
-Abunda el léxico que sirve para expresar emociones y sentimientos.
-El Romanticismo español atraviesa tres etapas. En las primeras décadas del siglo predomina el romanticismo tradicionalista, católico y conservador. A partir de los años 30 encontraremos un romanticismo de signo liberal. Los mejores frutos del Romanticismo español los encontraremos en la segunda mitad del siglo. Esta época se denomina posromanticismo. En ella encontramos una poesía intimista influenciada por la poesía popular y por la obra del poeta alemán Heine.

CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES DE LA POESÍA DE BÉCQUER

Rasgos principales
-Lo que diferencia a Bécquer de los poetas románticos que le precedieron es la aparente sencillez de sus composiciones. Su poesía se aleja de la altisonancia de poetas como Espronceda. La expresión de Bécquer es breve, intimista y poco artificiosa.
-La poesía de Bécquer está cargada de misterio y deja en el lector una emoción honda cargada de significados ocultos.
-Para Bécquer la expresión de sus sentimientos más íntimos, además de ser una manifestación de su libertad artística, es una fuente de conocimiento.
-A pesar del tono de confidencialidad que transmite la poesía de Bécquer, sus versos apenas cuentan nada de la biografía del autor: cómo es la mujer que le inspira, cómo, dónde y cuándo surgió el enamoramiento, qué ha pasado hasta llegar a esa situación, etc. Quizá de esa forma Bécquer hace sus poemas más misteriosos y sugerentes, y su significado es más universal.
-Le influyeron poetas ingleses y franceses, pero hay que destacar especialmente la influencia del Libro de canciones de Heine.

Temas
-El tema central de su libro es el fracaso del amor humano, concebido como la única fuente de felicidad verdadera, y la imposibilidad de expresar todo ese amor en la poesía, aunque sea la forma más adecuada para hablar de él. Sin embargo, el pesimismo no es absoluto porque el poeta cree en otro mundo, un mundo ideal que intuye a través de la belleza del mundo. En ese otro mundo de plenitud espera gozar del amor infinito y reparar todas las desdichas que ha sufrido en esta vida.
-En la edición que hicieron sus amigos y titularon Rimas los poemas se agrupan en cuatro grupos, aunque no se indica de ninguna manera en el libro: la naturaleza de la poesía; el amor y las relaciones amorosa: el fracaso de la relación amorosa; y la soledad del poeta y la angustia que lleva consigo. Pero también podemos encontrar otros temas: el mundo de los sueños como acceso a otra realidad o la naturaleza como expresión de los sentimientos del poeta.
-A veces el amor se presenta de forma optimista, pero en general predomina la expresión del dolor por un amor ideal e inalcanzable.
-Algunos poemas de Bécquer hablan de la soledad o de la angustia que siente por el mero hecho de existir. A veces este sentimiento puede estar provocado por un desengaño amoroso, pero en otras ocasiones no tiene ninguna causa específica.
-Los sueños y las visiones oníricas le sirven para adentrarse en un mundo fantástico e irracional de su conciencia.
-Como en otros románticos, a veces la naturaleza y el escenario le sirven como elemento de identificación de sus sentimientos. Los elementos naturales no son estáticos, sino que suelen aparecer en movimiento.
-En ocasiones su poesía habla sobre la misma creación poética. Para Bécquer eran las mujeres y el amor la fuente principal de su inspiración.
-Para Bécquer la poesía es una especie de música o armonía del universo que el poeta intuye en los momentos de inspiración. Sin embargo, la palabra poética es ineficaz para expresar esa música del universo y solo puede comunicarla de forma vaga e insuficiente.

Estilo
-La poesía de Bécquer se expresa en un lenguaje sencillo y natural, que recuerda el de las canciones populares. Destaca la musicalidad de sus composiciones, que huye de la pomposidad de los poetas románticos anteriores.
-En casi todos los poemas aparece el yo poético, lo que deja patente su subjetivismo.
-La apelación a una segunda persona, que hace las veces de destinatario.
-Uso del hipérbaton, con el que en ocasiones pretende resaltar el significado de ciertas palabras que pone al principio del verso y sitúa al final.
-Un recurso habitual es el símbolo. El símbolo es la asociación inconsciente entre un término real y un término imaginario, que no se produce por las semejanzas que hay entre ellos, como en la metáfora o el símil, sino por la emoción semejante que ambos provocan en el ánimo del poeta y el lector. El símbolo más famoso de Bécquer son las golondrinas, que simbolizan aquello que siempre se repite, pero que, de alguna forma, nunca puede ser exactamente como fue.
-Predomina la asonancia en los versos pares. Se usa frecuentemente el paralelismo y el estribillo. Todos estos rasgos están relacionados con la poesía de tradición popular.
-Los versos que más encontramos en las Rimas de Bécquer son los endecasílabos y los heptasílabos, aunque también hay dodecasílabos, hexasílabos y pentasílabos.

Influencia
-Su poesía tendrá una gran influencia en el siglo XX, especialmente en los poetas modernistas y en la generación del 27.





 "EL MONTE DE LAS ÁNIMAS"

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
     Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
     Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
     Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
I
     -Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
     -¡Tan pronto!
     -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
     -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
     -No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
     Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
     Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
     -Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
     Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
     Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
     Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
     La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.
II
     Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
     Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
     Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
     Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
     -Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
     Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
     -Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
     -No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
     El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
     -Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
     Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
     Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.
     Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
     -Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
     -¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
     -¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
     -Sí.
     -Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
     -¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
     -No sé.... en el monte acaso.
     -¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el Monte de las Ánimas!
     Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
     -Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
     Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
     -¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
     Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
     -Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.
     -¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
     A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
     Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
III
     Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
     -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
     Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
     Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
     -Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
     Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
     Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
     Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
     -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
     Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
     El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
     Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
     Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!
IV
     Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.